"El centro Compartido": Frente a la verticalidad y el retorno a la tribu

Published on 27 June 2026 at 10:45 pm

Introducción: Antes de las jerarquías y las grandes ciudades, la humanidad encontró su primer refugio en una figura geométrica y sagrada: el círculo. Más que una forma, la ronda fue el espacio donde los cuerpos danzaron, las almas se reconocieron y la igualdad se volvió ley. En este ensayo, nos sumergimos en esa memoria ancestral para recordar que la supervivencia siempre ha sido un acto colectivo.


Antes de los tronos, antes de las ciudades gigantes y de las estructuras donde unos miraban desde arriba mientras otros bajaban la cabeza, el ser humano ya conocía una forma distinta de existir: el círculo. En distintas partes del mundo, culturas separadas por océanos y siglos eligieron reunirse de la misma manera para danzar, cosechar, llorar, celebrar y debatir. No fue casualidad. El círculo era más que una figura geométrica; era una manera de decirle al otro: “estás conmigo, no frente a mí.”

Las culturas ancestrales entendieron algo que el mundo moderno parece olvidar constantemente: sobrevivir nunca fue un acto individual. El círculo representaba protección, equilibrio y unión, pero también algo más profundo: la necesidad humana de sentirse acompañado. Al reunirse en ronda, las personas compartían calor, alimento, historias y silencios. Allí, el cuerpo hablaba incluso cuando la voz callaba. Una mirada, un paso sincronizado o unas manos unidas podían comunicar más que cualquier palabra.

A diferencia de las estructuras verticales, donde siempre existe alguien arriba y alguien abajo, el círculo hacía desaparecer la superioridad visible. Nadie ocupaba el centro porque el centro pertenecía a todos. En esa forma no existía una espalda olvidada ni un rostro completamente excluido. Todos podían verse a los ojos. Y quizás ahí nacía su verdadera fuerza: en recordar que cada persona era importante para mantener viva la comunidad.

En muchas culturas indígenas de América, las decisiones importantes se tomaban alrededor del fuego. En pueblos africanos, las danzas circulares unían a generaciones enteras bajo un mismo ritmo. En ceremonias asiáticas y sufíes, girar en círculo era una manera de acercarse espiritualmente al universo. Aunque cada cultura tenía idiomas y creencias diferentes, todas parecían comprender el mismo lenguaje silencioso: el ser humano necesita sentirse parte de algo mayor que sí mismo.

La danza circular no era solamente arte o entretenimiento. Era memoria viva. Cuando los cuerpos se movían al mismo ritmo, desaparecía por un instante la soledad individual. Los pies golpeando la tierra parecían recordarle al corazón que no estaba solo. Tal vez por eso muchas ceremonias ancestrales utilizaban movimientos repetitivos y colectivos: porque el cuerpo también necesita sentir pertenencia para no romperse por dentro.

El círculo también reflejaba la manera en que los antiguos observaban la naturaleza. Las estaciones regresaban, las cosechas volvían y la luna reaparecía una y otra vez en el cielo. Todo parecía moverse en ciclos. Para ellos, vivir no significaba correr hacia adelante dejando todo atrás, sino aprender a regresar, a reconstruirse y a renacer junto con los demás. El círculo era la forma visible de esa filosofía.

Además, reunirse en círculo generaba una sensación de refugio. Rodear el fuego durante la noche no solo protegía del frío o de los peligros externos; también calmaba el miedo humano de sentirse abandonado. El círculo era una frontera invisible contra la oscuridad. Dentro de él existía compañía, cuidado y calor. Afuera, el mundo podía ser incierto.

Quizás por eso el círculo sigue emocionando incluso hoy. Porque en el fondo, aunque el tiempo haya cambiado, el ser humano continúa buscando lo mismo que buscaban los ancestros: pertenecer, ser escuchado y sentirse protegido por otros corazones. El círculo no era perfecto, pero sí profundamente humano. Y tal vez esa fue siempre su verdadera intención: recordarnos que nadie sobrevive solo, y que la forma más antigua de la igualdad nació cuando los seres humanos decidieron mirarse mutuamente sin ponerse por encima unos de otros.

Autora: Roxxette Angelina Apaza España