Tesis: Nuestra obsesión histórica por el oro y las luces suele juzgarse como un acto de mera vanidad superficial; sin embargo, esconde un secreto mucho más desgarrador. Rodeados de un mundo donde todo muta, enferma y muere, los seres humanos buscamos en el destello aquello que no posee nuestra propia biología: la inmortalidad. Este ensayo explora cómo el brillo no es un capricho del ego, sino nuestra pequeña y desesperada rebelión contra la muerte.
¿Es una memoria ancestral o una necesidad de iluminar nuestra propia finitud?
Piénsalo un segundo: ¿por qué asociamos el oro y las luces con Dios o con lo eterno? La respuesta es más triste de lo que parece. Nos obsesiona el brillo porque el oro es lo único en este planeta que no se daña, no se oxida y no se pone feo. Los humanos vemos que todo a nuestro alrededor se enferma, cambia o se muere. El oro no. Ver algo que sigue brillando exactamente igual mil años después nos vuela la cabeza. Por eso las culturas antiguas forraban sus templos de dorado; no era por presumir dinero, era para intentar tocar un pedazo de algo que dure para siempre.
Esto tiene todo que ver con el miedo que nos da saber que nuestro tiempo aquí es cortísimo. Somos los únicos animales conscientes de que nos vamos a morir, y ese vacío asusta. Al rodearnos de cosas que brillan, que reflejan la luz y que parecen ganarle la batalla al tiempo, lo que hacemos es prender una linterna en nuestra propia oscuridad. El brillo engaña al ojo, hace que los espacios parezcan no tener límites y nos regala la ilusión de que somos parte de algo infinito, aunque sea por un ratito mientras miramos el destello.
Al final, esta fijación es nuestra pequeña rebelión contra la muerte. Da igual si hablamos de las máscaras de oro de los faraones o de las luces de la ciudad que miras hoy desde la ventana del carro. Buscamos la luz porque le tememos al silencio y a la sombra del final. Que te guste el brillo no es un capricho superficial de la moda; es el grito desesperado de nosotros, los mortales, inventando cosas hermosas para convencernos de que hay una parte nuestra que nunca se va a apagar.
Autora: Marisabel Quispe Gamarra